
Oriunda de Valparaíso, Jennifer Araya estudió en la misma ciudad que la vio crecer. En sus años de enseñanza media cursó el optativo humanista, donde tuvo sus primeros acercamientos con la economía. “Teníamos un profesor que nos incentivaba a participar en cosas vinculadas al Banco Central y cómo se movían los indicadores. A mí me interesaba todo lo que tenía que ver con estadística, economía y toma de decisiones”, relata la ex alumna de la Escuela de Negocios y Economía de la PUCV.
Para la ingeniería comercial, más que un amor a primera vista, fue una decisión estratégica para lograr un objetivo más grande. “La verdad yo no tenía claro qué quería estudiar, pero sí sabía que quería una carrera que me diera las herramientas necesarias y que me abriera las puertas para después yo elegir un rubro de mi interés”.
Durante sus primeros años universitarios, las asignaturas de análisis cuantitativos y economía despertaron su interés. Más adelante, fue ayudante de matemáticas financieras y economía internacional. Además, tuvo la oportunidad de realizar un intercambio en Suecia en la Linköping Universitet y ejercer su práctica profesional en Río de Janeiro, Brasil.
Si bien tenía facilidad para los números, menciona que “no sabía en qué quería trabajar, solo sabía que, aunque finanzas se me daba más o menos fácil, no quería trabajar en un banco. No quería estar encerrada en un cubículo y no quería estar haciendo algo igual todos los días. Por eso me fui interesando en el área de proyectos”.
Con el pasar de los semestres, se fue familiarizando con roles ligados a la gerencia de finanzas, donde aprendió más sobre el área de evaluaciones económicas y proyección de fondos, en contextos de creación de empresas para la universidad.
La ciencia como punto de partida
Aún sin egresar, se adentró en el mundo laboral en una de las unidades académicas de la PUCV, sin saber que además de ser su alma mater, sería su lugar de trabajo durante los próximos diez años. Inició su trayectoria como personal de apoyo en la Dirección de Desarrollo Curricular y Formativo para después ingresar al área comercial del Laboratorio de Servicios Analíticos del Instituto de Química. Además, en 2015 empezó a dictar el curso de Diseño y Evaluación de Proyectos para estudiantes de química industrial y más adelante se encargó de impartir Taller 2, labores docentes que mantiene hasta hoy.
“Mi primer trabajo formal fue en el laboratorio del Instituto de Química. Era un mundo completamente distinto al que yo había estado acostumbrada, un ambiente donde estás rodeada de científicos que están haciendo ciencia, descubrimientos y publicando artículos. Era un entorno muy interesante”, sostiene.
Movilizada por el ejercicio científico, se fue involucrando en estudios de mercado de tecnologías que estaban desarrollando los académicos: “Al tener conocimientos sobre el área comercial, empecé a indagar y entendí que había potencial”. Ese fue uno de los momentos clave en la historia de Jennifer; el inicio de un camino que años más tarde la llevaría a apostar por el emprendimiento y fundar una exitosa start up de reciclaje de colillas de cigarro.
Paralelo a su labor en el Instituto de Química, creó junto a un amigo una consultora dedicada a realizar estudios de mercado donde colaboró con el Ministerio del Medio Ambiente en un proyecto de recambio de calefactores en el sur del país. “En estas idas y vueltas del destino, nosotros empezamos a participar en licitaciones y a tener mucha gente a cargo. Era todo un mundo, teníamos que armar las propuestas de licitación, ejecutarlas y evaluar los resultados”.
Su experiencia con el ministerio captó la atención de dos químicos industriales que le presentaron una innovadora propuesta. Valery Rodríguez y Germán Brito —sus socios actualmente— la invitaron a participar en un proyecto para reutilizar los filtros de cigarro. “Me preguntaron si los quería ayudar a postular a fondos concursables y les consulté por qué querían reciclar colillas de cigarro. Me contaron que el filtro estaba hecho de plástico, que era altamente contaminante, que estaban botados por todos lados y que podría ser útil para aplicarlo como filtro en chimeneas. Ahí nació todo”.
Emprendimiento e innovación tecnológica
Ese mismo año se adjudicaron un fondo de la PUCV y crearon IMEKO, start up de la cual Jennifer es cofundadora y actual gerente Comercial y de Finanzas. Tras explorar otras alternativas de uso, ajustaron la propuesta para reciclar el plástico de los filtros y transformarlo en materia prima sustentable apta para la fabricación de nuevos productos. “El filtro de la colilla está hecho de acetato de celulosa, es el mismo material que usa la industria para fabricar marcos de anteojos”.
Cinco años más tarde, tras la maduración del modelo de negocios, la adjudicación de reconocidos fondos como The S Factory y Huella de Start up Chile y el apoyo de inversionistas, IMEKO ya contaba con su primera planta productiva ubicada en Placilla, Valparaíso.
Tras una década en el laboratorio del Instituto de Química, en 2023 Jennifer renunció a su cargo para dedicarse a su emprendimiento, mientras se desempeñaba como profesora agregada en la PUCV. En 2024, Jennifer se integró como consultora de investigación aplicada en Agrosuper para evaluar proyectos tecnológicos y soluciones potenciales con impacto en la cadena de valor.
Sello valórico de la PUCV: “las organizaciones son personas”
Hoy el equipo de IMEKO está en constante evolución y crecimiento. Ya han obtenido más de 300 clientes, han logrado instalar más de 3.000 contenedores en la vía pública y buscan posicionarse como una plataforma tecnológica de reciclaje de materiales sustentables, lo cual es posible gracias a la ciencia.
Al consultar a Jennifer por la clave para mantener un negocio sostenible en el tiempo, menciona que la piedra angular son las personas. “IMEKO nace con este propósito de limpiar el mundo de colillas de cigarro, lo cual suena súper utópico, pero de una u otra forma nos ha permitido reclutar a personas con muchas ganas de que el proyecto surja. Creo que seleccionar a gente comprometida es lo más importante para que cualquier organización logre sus objetivos”.
En este sentido, destaca las enseñanzas y el sello valórico de la Universidad. “Es importante que los ingenieros comerciales de hoy tengan una visión estratégica y comprendan que detrás de cada decisión hay personas, eso también es algo que se aprende en la PUCV. Es una universidad muy centrada en lo humano y con el tiempo comprendí que las organizaciones son personas”.
Sin saberlo, Jennifer comenzó a definir su futuro desde esos primeros acercamientos a la economía en tercero y cuarto medio. Una vez en Ingeniería Comercial, aprovechó cada oportunidad y tomó decisiones que la llevaron a desempeñarse exitosamente en el ámbito del emprendimiento, la docencia y la innovación tecnológica.
“Si tuviera que dar un mensaje a los estudiantes de la PUCV, les recordaría que la universidad tiene muchas oportunidades y muchísimos mecanismos para que uno pueda desarrollarse, tan solo hay que buscarlos. Deben estar atentos al ecosistema universitario y tomar las oportunidades que finalmente pueden formar su carrera. Yo nunca esperé estar donde estoy cuando era estudiante, sin embargo, fui tomando pequeñas decisiones que me llevaron hasta acá”.
Por último, Jennifer Araya agradeció las oportunidades brindadas por la PUCV y rescata que todavía se siente parte de ella. “No sé si en algún momento uno deja de ser parte de la universidad, yo sigo siendo parte de la PUCV, uno se siente parte de una u otra forma”.
Por Magdalena Martínez
Escuela de Negocios y Economía